El Premio Nobel de Literatura José Saramago (1922-2010); dijo una vez: "Pienso que todos estamos ciegos. Somos ciegos que pueden ver, pero que no miran".
Por Eliana Gabay
Los grandes escritores tienen la capacidad de llegar con sus palabras a conmovernos, a que reflexionemos sobre diversas dimensiones de la vida. Para mi "Ensayo sobre la ceguera" es la mejor novela del escritor portugués José Saramago . Ensayo sobre la ceguera es un texto que nos conduce a interrogarnos sobre la condición humana, y a poner en cuestión la idea de que “el hombre es malo por naturaleza”. En este libro esta afirmación se transforma, cobra otra simbología:
“los hombres suelen ser crueles, despiadados y brutalmente egoístas ante situaciones extremas como una epidemia de ceguera que se expande por doquier, pero aún en ellas, algunos pueden ser solidarios y tener conductas éticas”. Este mensaje del autor es el que dejó una huella en mi persona, razón por la cual la novela comentada pervive en mis recuerdos y en mis emociones.
Me entristeció la noticia del deceso de José Saramago un 18 de junio de 2010 y, sin ser experta en crítica literaria, quise compartir este fragmento de la hermosa novela citada con los lectores de Mendoza Opina para rendirle desde su propia palabra nuestro homenaje a este brillante escritor.
Ensayo sobre la ceguera (fragmento)
José Saramago
Se iluminó el disco amarillo. De los coches que se acercaban, dos aceleraron antes de que se encendiera la señal roja. En el indicador del paso de peatones apareció la silueta del hombre verde. La gente empezó a cruzar la calle pisando las franjas blancas pintadas en la capa negra de asfalto, nada hay que se parezca menos a la cebra, pero así llaman a este paso. Los conductores, impacientes, con el pie en el pedal del embrague, mantenían los coches en tensión, avanzando, retrocediendo, como caballos nerviosos que vieran la fusta alzada en el aire. Habían terminado ya de pasar los peatones, pero la luz verde que daba paso libre a los automóviles tardó aún unos segundos en alumbrarse. Hay quien sostiene que esta tardanza, aparentemente
insignificante, multiplicada por los miles de semáforos existentes en la ciudad y por los cambios sucesivos de los tres colores de cada uno, es una de las causas de los atascos de circulación o embotellamientos, si queremos utilizar la expresión común.
Al fin se encendió la señal verde y los coches arrancaron bruscamente, pero enseguida se advirtió que no todos habían arrancado. El primero de la fila en medio está parado, tendrá un problema mecánico, se le habrá soltado el cable del acelerador, o se le agarrotó la palanca de la caja de velocidades, o una avería en el sistema hidráulico, un bloque de frenos, un fallo en el circuito eléctrico, a no ser que, simplemente se haya quedado sin gasolina, no sería la primera vez que esto ocurre. El nuevo grupo de peatones que se está formando en las aceras ve al conductor inmovilizado braceando tras el parabrisas
mientras los de los coches de atrás tocan frenéticos el claxon.
Algunos conductores han saltado ya a la calzada, dispuestos a empujar el automóvil averiado hacia donde no moleste. Golpean impacientemente los cristales cerrados. El hombre que está dentro vuelve hacia ellos la cabeza, hacia un lado, hacia el otro, se ve que grita algo, por los movimientos de la boca se nota que repite una palabra, una no, dos, así es realmente, como sabemos cuando alguien, al fin, logre abrir una puerta. Estoy ciego.
Nadie lo diría. A primera vista, los ojos del hombre parecen sanos, el iris se presenta nítido, luminoso, la esclerótica blanca, compacta como porcelana. Los párpados muy abiertos, la piel de la cara crispada, las cejas repentinamente revueltas, todo eso que cualquiera puede comprobar, son trastornos de la angustia. En un movimiento rápido, lo que estaba a la vista desapareció tras los puños cerrados del hombre, como si aún quisiera retener en el interior del cerebro la última imagen recogida, una luz roja, redonda, en un semáforo. Estoy ciego, estoy ciego, repetía con desesperación mientras le ayudaban a salir del coche, y las lágrimas, al brotar, tornaron más brillantes los ojos que él decía que estaban muertos. Eso se pasa, ya verá, eso se pasa enseguida, a veces son nervios, dijo una mujer.
José Saramago
Ensayo sobre la ceguera (1996)